Por Ángel Alberto Morillo
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No podía creer lo que estaba
al frente de sus ojos, ¿era posible? No, no, no… pero cuándo fue. A fin de
cuentas una cuestión como esta no podía
pasar desapercibida. La mejor manera de conocer a un desconocido era viendo la
forma cómo escribe y piensa. Y abrió el faisbuk. La gente sí habla tonterías en
estos espacios de la apariencia y de las medias tintas; la curiosidad fue más
fuerte, ¿era posible? No, no, no. Cansada de tanto esperar, se le apareció así
como así, se estregó los ojos ¿Era posible? Quizá, una corazonada le decía que
en las solicitudes, no en las tonterías que dice la gente, en las solicitudes,
no en las fotos ni en los comentarios. Fue así como poco a poco tecleó su
nombre. Dios Santo, miles y miles, de muchas formas y colores, mujeres, feas,
bonitas, elegantes, mentirosas, atrevidas, pero todas mujeres. Necesitaba
hallarla. Las palabras flotaban,
indecorosas, lascivas a cualquier tratado gramatical, de ignorancia
proporcional y descuidada. Aún así la solicitud seguía en pie.
La fe de encontrar alguna
posibilidad quedaba circunscrita a un pedazo de esperanza; en estos dominios
del entretenimiento, en estas plazas fantasmales de encuentro, de sociedad que
pende de un cable, cuya metamorfosis son las teclas, una pantalla, una corneta,
un sonidito odioso, inventado por desconocidos, el conocimiento le era
mezquino. Aún así ella seguía buscando, incrédula, no hallaba la manera, sus
cuarenta y muchos años delataban su impericia, denunciaban su imperdonable
anacronismo, muy a pesar de ser amante fervorosa de las tesis más profundas de
Platón y Hegel. ¿Pero de qué servían Platón y Hegel en el faisbuk? No los
necesitaba muy a su pesar. Era una de las incomprendidas más, formaba parte de
esas filas de milicianos del saber que no tenían acceso a las fatuidades de las
TIC… Pero eso a ella no le importaba, sus ojos no lo podían creer, se sentía
esta vez en la caverna. Platón tenía razón. Ella estaba loca, al borde de la
oscuridad. ¿Pero quién era ella para merecer tanto?
De ahí que los personajes
como Sarita son pocos y más cuando se apellidan Chávez, ¿faltaba menos? Decía
para sus adentros. Son rasgos más llamativos de la personalidad, el orden y la
disciplina, cuestiones que en estos tiempos son invisibles, tan detestadas como
la ortografía y la gramática. Ella era una profesora detestada, obviamente daba
ortografía y gramática, signadas por la disciplina y el orden, esas invisibles
virtudes al faisbuquero, esa especie de seres grotescos. Todo esto, por
supuesto, muy distante al orden y disciplina corporativos, más todavía en ese
espíritu antineoliberal. Los sustantivos entrega, dedicación, altruismo, por un
lado; los adverbios justamente, cabalmente por el otro; toda ella superlativa,
su vida en sí era la vidísima; sin mencionar su naturaleza copulativa: ser, estar y
parecer. “Soy buena mujer, estoy bien formada y parezco filósofa”. Sin embargo,
para el faisbuquero era más fácil criticar sus rulos, sus lentes, sus
pantalones abultados, orientales de Shazán, sus chalecos ochenteros, sus cejas
pronunciadas, su poco apego por los polvos compactos de colores, su desaliñada
y poco femenina manera de vestir, para ellos, los faisbuqueros, era muy fácil.
No faltaba menos, esos muchachitos imberbes que cuando mucho respiran porque
sus pulmones los obligan, esos mismos que no sabían acentuar aún una palabra
esdrújula, tan fácil a un buen oído, se daban el lujo de ver así a Sarita.
Claro, con lo preocupada que estaba en su tesis de Platón y Hegel, seguramente todas las imprecaciones
resbalarían con su propio peso. El corazón de Sarita era así, pensaba muy en el
fondo que aquella retahíla de improperios se debía esencialmente al nulo manejo
lingüístico y comunicacional de sus alumnos. Total, ella era así… Tan sólo alguien
como Bello o García Márquez algún día la harían cambiar por lo menos de
opinión. Al menos todo aquello sucedía con el faisbuquero; con los tuiteros era
peor. Definitivamente Sarita tenía de enemigo la ignorancia, si esto se tratase
de alguna religión, Sarita estaba segura que el faisbuk y el tuiter eran el
Aqueronte y el hades respectivamente. Estaba condenada por esos
demonios, seguramente les había robado el fuego. Ella, Sarita, la odiosa
Sarita, era brillante.
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